
Escucho a una vieja hablar por teléfono. La escucho desde el sofá donde estoy tumbado. Estoy tumbado. Estoy tumbado. La ventana del salón está abierta. Ladra un perro. Es un pastor alemán. No lo veo pero podría certificar sin lugar a dudas que es un pastor alemán. Certificar certificaría que es una perra, una pastora, una alemana perra y pastora, una pastora alemana. No se dice así, no sé como se dice. En todo caso y para que nadie se me encare, en escansión -¿vale?-: pas-tor a-le-mán hem-bra.
Mi vecina también es una perra. Dentro de diez minutos se suicidará porque no logra encontrar a su hermana Casilda que se ha perdido en el piso de perspectiva cónica que ostentan, y que habitan y que viven, aquí, en el centro de la ciudad. Yo también vivo en el centro pero mi piso no tiene perspectiva cónica. Ni tiene techos altos ni mayordomos. Las sirvientas van vestidas pero tampoco hay sirvientas. Jodienda de piso.
La vecina ha cerrado la ventana. Es el momento. Se descerrajará un tiro en la sien, como la costumbre y el tópico de la expresión indican. Siempre en la sien. Por cierto, descerrajar es un verbo raro que te sirve en bandeja gris metálica la imagen de un cráneo abierto que destila sangre y humea. ¿Qué destilan los cerebros? Nada. Tampoco humean. Un cerebro piensa y se encierra en sí mismo. Mi ventana se cierra por un golpe de aire, por una brisa de sobremesa y aprovecho para buscar entre los cajones del armario del salón, la cámara digital. Odio dicho objeto porque me rotula en el tiempo, es su costumbre, y marca la secuencia de la vida que se está agotando, frente a ti.
No escucho nada. La vecina simula arrepentimiento (por haber sido tan puta, tan guarra, tan buscona, tan rica, tan provocadora, tan aquí te como, aquí te mato…) Sí, lo ha hecho. Ahora sólo diviso a su hermana que descorre de nuevo las cortinas. Es Casilda. Sale ahora la que se va a suicidar, la que hace dos minutos había cerrado las ventanas del balcón. Pero un balcón no tiene ventanas, que conste. Sale acompañada: extraños aspavientos; se levanta la falda y se la vuelve a su sitio. Se pega una palmada en las nalgas. Se excita. Continúa. Se sube a la baranda del balcón. Continúa. Su hermana le agarra la falda con la intención de sujetarla para que no cayese. Continúa. La falda se raja porque era vieja y casi transparente. Continúa –ahora- en caída libre. La falda cobra protagonismo y quiere imitar a un paracaídas de juguete. Ni se abre, ni sirve de resorte, se raja y se deforma. Revienta abajo. Ella. La masa por la aceleración se presenta delante de nuestros ojos -y narices-; en este caso sí conocíamos la equis: la aceleración era de 9,8 metros por segundo al cuadrado. ¿La masa? Era gorda, muy gorda; ya hacía mucho ruido cuando se calzaba los tacones y andaba por el piso. Como cuando tenía seis años y se tiraba las tardes paseando por el pasillo creyéndose una madame. Abajo, hemos dicho. Se ha quedado abajo. Su hermana Casilda llora y sus lágrimas, con la misma aceleración con la que ha bajado la masa del cuerpo de su hermana, se estrellan contra las primeras gotas de sangre que ebullen y rebosan por los oídos.
Cruce de códigos con genética similar. Fin de lo que se ha venido a denominar y que denomino poética de la incertidumbre.