Mezclar sugus con pictolines

14 Noviembre 2009

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Abrir la puerta para mirar y comprobar que aún no ha llegado el lechero. La imagen es abrir la puerta y mirar más lejos para crear. Levantar las narices de la arena donde orinan todas las mañanas los gatos de la comunidad; los machos, las hembras, esos tiernos cachorros. Enlazar las ideas verdes con las amarillas. Mezclar los caramelos sugus con los pictolines. Abrir la boca y enseñar los dos empastes y esa, esa única muela picada. Cerrar la boca. No ser guarro, indecoroso, inmoral. No sé qué es la moral. Tengo casi cuarenta años y conforme crezco el concepto se desvanece. Sí creo en la ética, en la conciencia individual. Los domingos me levanto muy tarde porque no duermo en casa, porque no sé mediar. Los conflictos invernales me gustan más que los conflictos personales. Ambos me desagradan pero me gusta más uno que otro. Es así, y lo digo.

¿Cómo se salta por los aires?


Paraísos de barrio

5 Noviembre 2009

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Los locos no duermen bien porque no se agotan. Tampoco se cansan. Sueles desterrar de tus afectos al admirador. Al loco le pegas dos hostias.

Me llevaría mal con todos los admiradores de mi obra. Muy mal. Sería inevitable escupirles en la cara cuando me los encontrase por el barrio, por las aceras del barrio, parados en los escaparates del barrio donde vivo. Todos mis admiradores, porque la magia existe, vivirían en mi barrio. No soportaría otro escenario. Unos encima de mí y caracterizados desde el primer momento como vecinos coñazo; otros viviendo debajo de mí y caracterizados como vecinos sufrientes.

Me propongo hoy agradar a mis admiradores y por eso se me ocurre celebrar en mi imaginación una fiesta mental. Es una fiesta que al ser manifiestamente mental no tendría consistencia material y por tanto sería una fiesta sin materia, supina e inalcanzable –como las galaxias lejanas- para casi toda la gente que viniese a divertirse y que desconoce que detrás de esta máscara de imberbe hay un escritor de éxito que escupe. Sólo mis admiradores gozarían del estatus que posee mi obra.

Lucas Zimbrera, autor de Paraísos de barrio (Valvanera, 2008)


Escansión

28 Octubre 2009

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Escucho a una vieja hablar por teléfono. La escucho desde el sofá donde estoy tumbado. Estoy tumbado. Estoy tumbado. La ventana del salón está abierta. Ladra un perro. Es un pastor alemán. No lo veo pero podría certificar sin lugar a dudas que es un pastor alemán. Certificar certificaría que es una perra, una pastora, una alemana perra y pastora, una pastora alemana.  No se dice así, no sé como se dice. En todo caso y para que nadie se me encare, en escansión -¿vale?-: pas-tor a-le-mán hem-bra.

Mi vecina también es una perra. Dentro de diez minutos se suicidará porque no logra encontrar a su hermana Casilda que se ha perdido en el piso de perspectiva cónica que ostentan, y que habitan y que viven, aquí, en el centro de la ciudad. Yo también vivo en el centro pero mi piso no tiene perspectiva cónica. Ni tiene techos altos ni mayordomos. Las sirvientas van vestidas pero tampoco hay sirvientas. Jodienda de piso.

La vecina ha cerrado la ventana. Es el momento. Se descerrajará un tiro en la sien, como la costumbre y el tópico de la expresión indican. Siempre en la sien. Por cierto, descerrajar es un verbo  raro que te sirve en bandeja gris metálica la imagen de un cráneo abierto que destila sangre y humea. ¿Qué destilan los cerebros? Nada. Tampoco humean. Un cerebro piensa y se encierra en sí mismo. Mi ventana se cierra por un golpe de aire, por una brisa de sobremesa y aprovecho para buscar entre los cajones del armario del salón, la cámara digital. Odio dicho objeto porque me rotula en el tiempo, es su costumbre, y marca la secuencia de la vida que se está agotando, frente a ti.

No escucho nada. La vecina simula arrepentimiento (por haber sido tan puta, tan guarra, tan buscona, tan rica, tan provocadora, tan aquí te como, aquí te mato…) Sí, lo ha hecho. Ahora sólo diviso a su hermana que descorre de nuevo las cortinas. Es Casilda. Sale ahora la que se va a suicidar, la que hace dos minutos había cerrado las ventanas del balcón. Pero un balcón no tiene ventanas, que conste. Sale acompañada: extraños aspavientos; se levanta la falda y se la vuelve a su sitio. Se pega una palmada en las nalgas. Se excita. Continúa. Se sube a la baranda del balcón. Continúa. Su hermana le agarra la falda con la intención de sujetarla para que no cayese. Continúa. La falda se raja porque era vieja y casi transparente. Continúa –ahora- en caída libre. La falda cobra protagonismo y quiere imitar a un paracaídas de juguete. Ni se abre, ni sirve de resorte, se raja y se deforma. Revienta abajo. Ella. La masa por la aceleración se presenta delante de nuestros ojos -y narices-; en este caso sí conocíamos la equis: la aceleración era de 9,8 metros por segundo al cuadrado. ¿La masa? Era gorda, muy gorda; ya hacía mucho ruido cuando se calzaba los tacones y andaba por el piso. Como cuando tenía seis años y se tiraba las tardes paseando por el pasillo creyéndose una madame. Abajo, hemos dicho. Se ha quedado abajo. Su hermana Casilda llora y sus lágrimas, con la misma aceleración con la que ha bajado la masa del cuerpo de su hermana, se estrellan contra las primeras gotas de sangre que ebullen y rebosan por los oídos.

Cruce de códigos con genética similar. Fin de lo que se ha venido a denominar y que denomino poética de la incertidumbre.


La 1/2 de la vida

21 Octubre 2009

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Es muy importante leer, leer, leer. Es el alimento del escritor, como de cada hijo de vecino. Solamente que el escritor se sirve de este alimento para inventar otros a partir de ello. Hay que leer, en efecto, para no perder la mitad de la vida.

Escrito por Orlando de Rudder en el capítulo titulado “Un negro feliz” del libro Escritor en la sombra editado este año por Trama Editorial y el cual recomiendo leer, leer y releer.

Notas sobre la cita. No me gusta cómo han traducido “cada hijo de vecino”. La cita existe en este blog por la última oración. Voy a repetirla que me gusta:

Hay que leer, en efecto, para no perder la mitad de la vida.

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20 Octubre 2009

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A por sal

20 Octubre 2009

Es tan inoportuno llamar al timbre de tu vecino, tener que sonreír, como buen indigente, o samaritano, apretando con fuerza su mano cuando sólo se quiere un vasito de sal; estar en pijama y tener que bajar, a pedir sal a una casa desconocida del bloque donde sólo estás para dormir y donde a pizcas vives; no poder subir en ascensor, no hay, está estropeado; tener sólo en la cocina el aceite, los huevos y la sartén que solos, ni ostentan ni lucen…; llevar entre las manos el vasito de sal que el vecino te ha prestado; contemplar dos granos y mirar hacia atrás y repetir una y otra vez: “Mañana compro sal”; contemplarse el pijama y hacer una mueca, dos muecas, sonríes, ríes; subir las escaleras mientras ejercitas el arte de dos ingles huecas que te sumergen en dos recuerdos juveniles, de escaleras y oscuridades.

Así será, sólo que todavía no has terminado de freír la realidad del huevo que se ríe en la sartén, con un cuerpo y media pizca real de sal; es decir, con una intención que saborear.

Y cenas, joder.


19 Octubre 2009

Landing, mi sal.


Follaje cotidiano

19 Octubre 2009

Es inútil escribir sobre uno mismo, pero es imposible escribir sobre otra cosa.

La cita es de un tal Schiffter cuando elucubra y se atreve a hablar de Montaigne.
Así, de este modo, tanto lo acecha que caza en la sorpresa de algún minuto atropellado. El minuto queda reventado y sus vísceras, fracciones de pobres segundos, esparcidas entre la escritura que siempre versa sobre el follaje cotidiano.

Qué cosas.


No la voy a leer

16 Octubre 2009

Hoy no voy a hablar de Kafka.

Ángeles Caso se ha embolsado seiscientos un mil euros (601.000 €) por una novela que cuenta el periplo de una emigrante que huye de su país. No comería. O no follaría. ¿Quién sabe? O sí. El asunto es que una mujer viaja por el mundo y es emigrante y lo pasa mal. Lleva una vida dura, como la de las hormigas y sufre tanto o más que Jesucristo. Pero no es cristiana y no es insecto. Es una mujer. Ángeles Caso supongo que lo cuenta todo en la novela de la que ya he olvidado el título. Ah, sí, algo del viento. No voy a comprobarlo. Y que cuento que ella, contándolo, va y gana un premio de no sé cuántos millones de pesetas. No voy a leer la novela del Premio Planeta. De coraje. Repito.

A mí me gustaría saber qué hay que hacer para ganar premios de ese calibre. Son premios concedidos a la instantaneidad de la ficción, a la instantaneidad del Cola-Cao narrativo. La ficción para algunas editoriales es el Cola-Cao matutino. Engendrar ficción se asemeja a juntar experiencias muy modernas y escribirlas y si de ahí se puede sacar una películo, ¡cojonudo!

No, no la voy a leer. Tampoco soy de Guarromán.


15 Octubre 2009

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